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"¿En serio?, ¡yo también soy político!...¿a qué partido perteneces tú?

SALVEMOS AL TIO PEPE

SALVEMOS AL TIO PEPE
SALVEMOS AL TÍO PEPE.

martes, 20 de noviembre de 2012

MOROS EN LA COSTA.


Si echamos la vista atrás y oteamos en el pasado de los pueblos, nos damos cuenta de forma inmediata que entre todas las, iba a decir culturas….pero no; también iba a decir civilizaciones….pero tampoco; bueno dejémoslo entre los grupos de seres humanos, o así que diría un vasco, destaca inmediatamente, como una mancha de tomate en un vestido de novia, o una de…bueno de eso, en un vestido de Mamónica Lenguisky.

Miss Electrolux 2000W en plena demostración de potencia succionadora.

Todas las llamadas civilizaciones tienen en su origen, en su lugar de nacimiento, alguna proeza en el campo de las ciencias, o de las letras, y aunque también se dedicaran a la conquista de nuevos territorios, o bien permanecieron y evolucionaron, o al menos tuvieron la decencia de desaparecer sin dar demasiado la murga.

Pero mira tú por donde, la cosa de la morería, si bien en un principio dio ejemplo de científicos y poetas, y de puterío fino, seguramente por la cercanía de otros pueblos refinados, aunque guerreros como tocaba en aquellas épocas, llegó el bandarra de turno, el iluminado de turno, el fumao de turno, y sacó “tó lo que llevaba entro”, como una Lola Flores de alfanje y turbante.

Y se acabaron la poesía y las matemáticas.

Hasta que llegaron por estos lares; que no sé que coño pasa por aquí, que el que llega, desde los visigodos hasta nuestros días, aparte de trincar lo que puede del vecino, se dedica al “dolce far niente”, la versión italo-amariconada de rascarse las pelotas con fruicción; y ya se sabe que eso engendra poetas lánguidos y matemáticos ilustres, además de famosos galenos, especialmente si tienen a mano algún judío, cristiano que les hace la faena mientras se dedican a beneficiarse a la hurí voluptuosa, o al efebo complaciente. Después con arrancarle la nuez de cuajo por infiel, asunto solucionado, que ya vendrá en los siglos venideros algún progre a hablar de lo de la convivencia de las culturas y arreglara ese asuntillo.

Y una vez que los pérfidos visigodos, trasmutados en rudos y bestiales hijos de Madrit, los mandaron a ejercer su más logradamente refinada afición, o sea a tomar por culo, se acabó lo que se daba.

Y volvieron a lo que mejor se les daba, a pastorear cabras y a joder de manera inmisericorde a los hijos de Israel, que yo no sé que les hizo ese señor para que le tuvieran tanta inquina a su parentela; si dejamos aparte la enojosa cuestión de que no se resignaban a que les robaran sus tierras, que desde luego es que los hay tiquis-miquis.

Y así hasta nuestros días.

Basta echar un vistazo al mapa geopolítico actual para advertir un “no sé qué” en las naciones gobernadas por la morería, si es que se puede llamar gobernar a tener a toda la población medio día con el culo en pompa diciendo aquello de “Alá es sabio, Alá es misericordioso”, mientras encuentran la manera de sajarte el cuello por no tolerar que te rebanen el pescuezo. Porque la otra mitad del día se la pasan también con el culo cara al sol a la espera de un consolador…consejo de sus líderes espirituales, o de algún amigo...íntimo.

Y no sé yo bien por qué, pero tengo para mí que te puedes fiar más de la validez de un dólar de papel de estraza con la cara del Pato Donald, que de las intenciones de la morisma.

Recuerdo que en cierta ocasión, en una visita a un poblacho de esos que hay en Túnez, junto a Cartago, bueno, de lo que queda de ella, desde el momento en que pisé tierra tuve la extraña sensación de que me estaba jugando el pescuezo.

Primero, para salir del puerto, tenías que pasar por una siniestra oficina, donde, detrás de un cristal, sentada en una silla que debía ser la del hermano enano de Garbancito de la Mancha, miraba displicentemente una representante del género femenino, que bien podría haber sido la Pantoja sin depilar después de una noche de parranda, y que trincó el pasaporte mientras yo decía para mí, esta se lo da a uno de esos carabineros y se acabó el viaje antes de empezarlo, porque los susodichos parecía salidos de una película de muertos vivientes, eso sí, recién muertos.

Y no porque tuvieran un aspecto saludable de los primeros estadíos de la putrefacción, que cetrinos y algo verdosos sí que se les veía, sino porque tenían ese rictus del que todavía no se ha acostumbrado a que ya o pertenece al mundo de los vivos, y anda un tanto mosqueado con el personal circundante.

Lo que quiero decir con tanto circunloquio es que tenían cara de moro.

Con uniforme sacado de la guardarropía de una opereta italiana, pero con cara de moro.

Y eso impone. Porque un moro con uniforme es más peligroso que un abogado para el bolsillo.

Una vez sellado el pasaporte en la primera hoja que pilló, pasamos a la parada de taxis.

Tras un regateo a lo Messi, acordamos pagarle 60 euros por un recorrido por las cercanías, aunque he de aclarar que mi intento de regate lo segó de forma más bien expedita, a lo Ovejero, el avieso auriga.

El que nos cogió, y digo bien, porque allí no coges un taxi, el taxista te coge a ti, era un R-19 que no es que tuviera más mierda que el palo de un gallinero con gallinas con salmonelosis, es que tenías la no muy desacertada impresión de que tenía mugre de diez años antes de que lo fabricaran.

Eso por fuera, pero más por dentro, porque como las ventanillas de atrás no se podían abrir, pues se iba acumulando la que entraba por la del conductor.

Redecoración dinámica le podríamos llamar.

No es que oliera mal, es que la primera vaharada de tufo de camello mezclado con el del sobaco del conductor, y ese olor almizclado que da la grasa corporal revenida por el paso de los lustros sin conocer nada más húmedo que el viento del desierto, junto con el aroma a cuesco silencioso y traicionero, te provocaba una anestesia absoluta e instantánea de los cornetes.

De mecánica no andaba mal, si exceptuamos que para arrancarlo había que tirarlo cuesta abajo y que los amortiguadores ejercían su función con el mismo ahínco que Méndez ejercía, si es que alguna vez ejerció alguno, su trabajo, allá por la prehistoria.

La carretera era una cinta de asfalto, que una línea continua la separaba en dos carriles, y era continua porque no existía un solo centímetro sin pintar, cosa que no era óbice, ni cortapisa, para que adelantaran donde les saliera del papo. Pero una cosa sí que era de valorar, y es que cuando te encontrabas de cara a alguien adelantando, el conductor se tiraba a la cuneta sin un mal gesto ni una mala palabra en cualquiera de los idiomas, alemán, inglés, francés o español, que el audaz auriga chapurreaba.

Tampoco es que las señales de dirección prohibida causaran mella en la audacia del mecanizado. Supongo que en la autoescuela, que es el lugar donde pagan para que les den ese trozo de papel con una especie de gusanos que ellos aducen que se trata de escritura, muy apropiados para expresar por escrito esa especie de jerga mezcla de los “ejque” de Bono y los desesperados intentos del patriarca de los Pujol por arrancar de su rinofaringe las secreciones mucinosas, pollos o gargajos, y que algunos denominan “catalán”; pues supongo que en la autoescuela les enseñaran que hay unas cosas que son señales de tráfico, pero ellos que son el pragmatismo con patas, dirán con esa sabiduría oriental que tanto epata a tanto tonto útil occidental “si no ves a nadie, ¿por qué no vas a pasar?”.

Decía el cicerone-taxista, mientras corría como un poseso por las vacías carreteras tunecinas, no conté más de dos coches en todo el recorrido y fueron los dos que nos topamos de frente, el uno al lado del otro, que las mujeres tenían total libertad, y yo pensaba: “será para elegir entre viajar a pie, o andando, o qué le van a preparar de comida al moro”, porque por allí no se veía ni una.

Eso sí, me llamó la atención ver que en un bar, con una explanada en la que hubieran cabido holgadamente los espectadores del estadio de  Maracaná en una final de la Copa de América, todos los moros estaban sentados mirando en la misma dirección, hacia la carretera, y con unos caretos entre el de Jack el Destripador y el del estrangulador de Boston, con dolor de muelas de una semana.

Debe ser que es su cara de holganza y despreocupación, condiciones ambas de carácter permanente en un moro de bien, o sea que se dedica al mal todo el día y sin parar, ora pensando en la próxima putada que va a gastar, ora en cuando va a ser el mejor momento de perpetrarla.

Bueno dejémoslo en vagancia.

Tras asegurarnos que la catedral que se veía en lontananza podía albergar para sus rezos a cualquier cristiano que se atreviera a rondar sus cercanías, cosa que dada su natural querencia a exagerar, a exagerar las mentiras, me atreví osadamente a dudar, eso sí, prudentemente en silencio, llegamos a Cartago.

En unas salas pintadas al blanco gotelé sus desnudas, más bien en pelotas, paredes, tenían su albergo alguna que otra pieza de la antigüedad, llamándome poderosamente la atención una Victoria alada, sin cabeza pero con las tetas indemnes.

Pensaba yo para mí: una de dos, o esta es la sala de onanismo ritual (vamos, donde se la pelan hasta despellejársela) de la morería tunecina; o su estado de natural cansancio provocado por una idea que tuvieron en su infancia acerca del mortal pecado del trabajo, que les dejó exhaustos hasta el día de su fallecimiento, les impedía coger la picoleta y amputarle las protuberancias mamarias.

Me inclino por lo primero.

Paramos en un pueblecillo que de no haber estado poblado por moros, hasta hubiera sido acogedor y con encanto.

Nuestro guía nos condujo a una mansión en cuyo patio interior, parecido a un patio andaluz, pero con moros en lugar de súbditos de los Golfos Apandadores de la Junta.

Con esa acogedora hospitalidad de quien está pensando como sacarte los cuartos, me invitaron a un té, cosa que agradecí de inmediato, a pesar de que los brebajes de hierbajos me dan "cosa", una cosa parecida al asco, pero sin llegar al vómito, pero es que mi hidalguía llega hasta extremos insospechados.

Eso y que tenía la garganta como la lija.

Mientras el locuaz políglota conductor y un servidor echábamos un pitillo, de los míos por supuesto, porque otra característica del moro es su espíritu gorrón, unas gentiles damiselas, aunque con un parecido inexistente con las que aparecen en los grabados de las mil y una noche, preparaban el mejunje bebedizo.

En esto que, con mi natural torpeza, tan característica de los hombres cultos, aunque de maneras algo rudas para disimular su sapiencia y no avergonzar a los que les rodean, tiré el cenicero, en el que moraban colillas hasta de la época en que la que los turcos tomaron Constantinopla.

Queriendo remediar mi estudiado gesto de torpeza, hice además de arreglar el estropicio.

El taxista, espantado, afeó mi gesto, y con una serie de sonidos guturales que yo llegué a pensar que iba a tirar la laringe por la boca, llamó a la fámula que preparaba la infusión, y ésta se acercó  a nosotros y con unas hábiles manos, dignas de mejor faena (y no digo cual, que ya todos os la imagináis), con una de ellas amontonó primorosamente cenizas y colillas hasta formar una montañita comparable, salvando las distancias, que no eran muchas, al Mulhacén, mientras con la otra sujetaba el pebetero en el borde de la mesa.

Con gesto hábil y certera puntería, procedió a llenar de nuevo el cenicero, se sacudió las manos, y acabó de preparar el té

Y aquí, el menda, con dos cojones, se lo bebió cuando se lo sirvieron.

Un caballero, eso es lo que soy.

Llegados de regreso al puerto, con la nobleza que mi carácter imprime a mi conducta, y el acojone del momento, me dirigí al Ben-Hur, que con su cuadriga motorizada nos había deleitado con la tourneé (mientras escuchaba los estertores de la muerte de los jamelgos que movían los engranajes del motor) para pagar el estipendio acordado.

Y para sorpresa mía, el esforzado chofer-cicerone-gorrón, me dice que no, que le pague a “ÉL”, por señas.

Seguí la dirección del dedo que, como estatua de Colón, indicaba la dirección en la que debía mirar, y la verdad es que se me atragantó la saliva en la garganta, bueno, lo más ajustado para describir mi reacción sería que las pelotas se me descolgaron, rebotaron en el suelo y se alojaron a ambos lados de la tiroides, puganado el trío glandular por refugiarse junto a las amígdalas.

Delante de mí, o como dicen ahora las víctimas de la LOGSE: delante mía, como si delante fuera uno cualquiera de esos mil cacharros infernales con los que se dedican a enviarse mensajes, todo el día y sin parar, aunque les separe medio metro, pues a unos dos metros de mí, se alzaba una especie de mole, un armario ropero de seis puertas y sin barnizar; calvo como una bola de billar, con aspecto de luchador de pressing catch furibundo con el árbitro que le acaba de birlar ese cinturón que parece hecho con parte de las medallas de un Mariscal Soviético, y que se dirigía hacia mí con expresión de: “te vas a enterar, chaval”.

No hacía falta que el taxista dijera: “a él”, porque si en vez de entender que debía dirigirme a ese pedazo de carne con ojos, más parecido al carcelero del expreso de medianoche, que a un honrado sátrapa explotador de una flotilla de ruinosos taxis, entiendo que se dirigía al King-Kong depilado que tenía frente a mí, desde luego ahora no estaría escribiendo estas líneas, porque me hubiera entrado tal cagalera que me hubiera dado la vuelta como un calcetín.

Cuando la bestia parda se dirigió a mi cada vez más menguante persona, que no en mi valor, porque menguaba para adoptar una postura defensiva para saltar cual leopardo sanguinario al cuello de mi adversario en caso de advertir la más mínima señal de hostilidad por su parte, lo hizo para exigir un estipendio del doble de lo acordado, porque según su nada desacertado razonamiento (eso pensé en ese momento, mientras por el rabillo de los tres ojos buscaba un lugar por el que desaparecer con celérica presteza para evitar hacer objeto de mi justa, pero devastadora furia al moro. Ahora pienso que era un moro cabrón con alma de sociata), si éramos dos personas, el precio era el doble.

Impertérrito ante la insólita demanda del amo de la flotilla de camellos de la carretera, estólido como Leónidas ante Jerjes, conseguí hacerme entender por aquella muralla de músculos, mientras para mí decía: “macho, la has cagao, se acabó el crucero, esta noche estos cenan hamburguesa de alicantino”.

¿La táctica?, muy sencilla, la más vieja del mundo: negar siempre la mayor y echarle la culpa al otro.

Extendiendo el índice de la mano izquierda y señalando al pobre taxista (por una vez me dio pena un moro), conseguí articular: ese me dijo que eran sesenta euros, no ciento veinte.

Transcurrieron unos segundos que se hicieron eternos, como la eternidad que me temía se cernía sobre mí.

La bestia me miró como … como una bestia iracunda, como si de un momento a otro fuera a darle una apoplejía, cosa que hubiera agradecido los cielos toda mi vida.

Volvió su facies rubicunda y tensa hacia el taxista, y pensé: “los del otro crucero también comen hamburguesa, aunque sea de moro”, total se comen las de Burguer King, tampoco habrá tanta diferencia, y es que en esos momentos en que te encuentras tan cerca de ver la cara de Dios, se te ocurre cada cosa…

Después me volvió a mirar y…el muy hijoputa va y se rie, me da la mano, me coge los sesenta euros, y se va.

Yo creo que es que le di miedo. Sí, yo creo que fue eso.

Poco más o menos así vía yo a la bestia desde mi estratégica posición, previa al previsto ataque.

6 comentarios:

  1. Estupendo relato, pero no creo que en la actualidad hayan mejorado, todo lo contrario. Pero valor, lo que se dice valor, le pusiste bastante.

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  2. Que valiente, Capi, yo pensaba que al final se iban a ofrecer cambiar a tu costilla por 30 ovejas :P

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  3. Me he partido de risa (vulgo, desconojado) con tus episodios con la morisma. Eso sí que es realismo fantástico, y no el de García Márquez.

    Yo hace tiempo que decidí, consciente de perderme ese tipo de aventuras, no viajar a paises en los que la vida no tiene precio, porque no vale nada.

    FugiSaludoS.

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  4. Me he reido doblemente con este relato; la primera porque está escrito con mucho salero y la segunda, porque me ha recordado un viaje parecido que hice, hace unos años, desde Oran a Tlemcen en plena morisma argelina, cuando disfrutaban de las bendiciones de un régimen comunista. Es lo que encuentra uno cuando viaja al piojo verde.

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  5. Pensaba lo mismo que XAD MAR, que ibas a venderle al moro gigante la esposa alicantina para salir del trance, y ya te veía en Benidorm explicando que la conyuge se te había fugado con un Saladino.
    He disfrutado como enano amarillo leyéndote.

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  6. Joder, Capi, deja que me reponga y me seque las lágrimas....
    Tú relato es tan descriptivo y real, que incluso creo seguir oliendo la fetidez del sobaco moruno. Fetidez y aromas que dicho sea de paso, se perciben en toda tierra de moros. Y eso que el pederasta profeta les mandó que antes de ponerse a invocar a Alá con el culo al aire, se sometieran a continuas abluciones para desincrustar las roñas que se alojaban en sus epidermis.
    Sea como fuere, en toda tierra de moros huele a chotuno. Me consta, puesto que una batida que años ha efectué por Egipto y Jerusalén, mi sentidos olfativos quedaron seriamente dañados. Sobre todo tras mi visita a Jerusalén, porque en aquellos santos lugares se amalgaman los sudores de toda la humanidad, sea mora, cristiana, árabe o judía.....Quien desee verificar cuanto digo, que transite por la Vía Dolorosa en hora punta.
    Por cierto, mi próximo post irá dedicado a la morería, pero en plan gráfico, con viñetas:
    HISTORIAS DEL MORO MUZA, se llamará el invento.

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