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"¿En serio?, ¡yo también soy político!...¿a qué partido perteneces tú?

SALVEMOS AL TIO PEPE

SALVEMOS AL TIO PEPE
SALVEMOS AL TÍO PEPE.

martes, 22 de enero de 2013

¡¡SOY CABRÓN, RECONOSCO!!

Había, hace ya varios lustros, en la radio, un programa del, denostado por unos, admirado por otros, periodista Luis del Olmo, que se llamaba Debate del estado de la Nación.

En este programa intervenían varios personajes que analizaban las circunstancias y peripecias por las que atravesaba España, con humor, bastante más inteligente (seguramente no a gusto de todos) que del que hacen gala una serie de seres cuya inteligencia se aproxima, sin llegar en ningún momento a tan altas cotas, a la de una gamba con Alzheimer, y que suelen aparecer por la pantalla perpetrando lo que ellos llaman monólogos de humor.

Pretenden estos seres presuntamente evolucionados, al menos en la esfera psíquica (mejor habría que decir psiquiátrica), del mismo ser que las personas normales, proporcionar un rato de solaz y esparcimiento a aquellos que ingenuamente se sientan ante el televisor. Y por las risotadas que se oyen emanantes del público asistente en directo, parece que lo consiguen; claro que los que asisten a semejantes eventos tampoco parecen ir muy sobrados de luces, aunque para ser justos, quizá lleguen en un momento de lucidez extrema a las de una almeja demenciada.

Bueno, pues en aquel programa intervenía, poniendo voz, si mal no recuerdo, a varios personajes de ficción, y en concreto a uno que se hacía llamar el doctor Gorroño, y que era interpretado por el genial Alfonso Ussía.

Este era un doctor, o así, porque hablaba con acento vascuence de Amorebieta, o así, que a la par que gastaba las mil y una perrerías a sus pacientes, les extirpaba con maestría sin par, a la vez que la escondía de la penetrante vista de la Hacienda pública, cuanta pasta les encontraba.

¡¡¡Soy cabrón, reconosco!!!, exclamaba como colofón al relato de sus hazañas.

Y mira tú por donde, este Gorroño parece haber renacido de sus cenizas para dar vida a otro personaje, éste de carne y hueso, de la vida política, y si no nacido en Bilbao, o sus alrededores, como es bien sabido que los de Bilbao nacen donde les sale de los cojones, pues este nuevo cabrón nació en Huelva, que bien mirado, y si comparamos las distancias con las que existen en los EEUU, o en la madre Rusia, casi nace al ladito mismo del Bocho (Botxo en el lenguaje euskaldun).

De nombre le pusieron sus pobres padres, bueno, sí, su padre y su madre, o su progenitor A y su progenitor B, para que no se enfaden los de siempre; pues de nombre de pila le pusieron Luís, aunque bonito, lo que se dice bonito, no es que lo hicieran, pero me imagino que empeño o les faltó.

Lo de cabrón le vino con el tiempo, como a todos los cabrones que en el mundo son, cuestión que viene recogida en el acervo cultural popular (del pueblo, chusma o populacho, que no del partido, aunque también) con ese chistecillo famoso que dice que un niño le dice a su madre: "mamá, el papá está en la cocina chillando que es un cabrito, a lo que la madre, tan puntillosa como solo lo puede ser una señora madre, le contesta con esa sorna y mala leche tan característica: "dile a tu padre que no se quite años".

En fin, cosas de los matrimonios.

Pero, no sé por qué, me malicio que lo de cabrón, a este señorito le viene de otra cosa.

Es más, viendo el porte y las formas de este elemento, lo de cabrón, o le viene de la misma acepción del término de hijo de puta, mariconazo etcétera, dedicado a esos que putada a putada a su prójimo, se ganan a pulso su reputación, o bien quienes así le llaman proyectan en este apuesto, aunque entrado en años, su condición de astados en lo sexual.

La discusión que mantienen en este mismo momento el señor Inda (del diario El Mundo), y la loro implume Sánchez Camacho, y que mientras escribo estas líneas mantienen, por el uno un diálogo, y por la otra un monólogo casi tan esperpéntico como los autodenominados monologuistas (que debe venir de la uniónd e dos términos: mono (primate cinomorfo o antropomorfo) y loguista: razonante, aunque el razonamiento sea el de un mono, o sea: ninguno), que pretende convencernos la cotorra verborreica que existe una gran diferencia sobre si el cabrón era el tesorero o el gerente o administrador.

La clave la vino a dar el otro día un participante en una tertulia, que decía que un día le dijo a su padre: ¿pero no eres tú el dueño de la empresa?, y éste le contestó: sí, pero el que manda es el gerente.

Más claro, agua.

También se pretende hacer pasar como algo muy natural que el cabrón hiciera tantos viajes a Suiza porque era un gran escalador, ¡coño, pues César de Tudela no tenía tanta pasta en la Confederación Hevética, a pesar que se pasaba el día por esos montes de Dios!.

Debe ser cierto eso de que la cabra tira al monte, así que el cabrón ni te cuento.

Y ya que estaba por allí, se dejaba caer, nunca mejor dicho, por los bancos, y así descansaba.

Porque dejar veintitantos millones de euros descansa una barbaridad, sobre todo después de acarrearlos por las montañas de Guillermo Tell como una acémila cualquiera.

Y ahora anda todo el partido sobrecogido, en toda la amplitud del término, en su acepción de acojone, y en la de hacer el egipcio.

Y es que parece ser, porque la presunción de inocencia, o sea de culpabilidad, que lo de cabrón deriva de que se ve que con alguno el sobre no debió ser tan abultado como su receptor consideraba debiera haber sido por los servicios prestados en pro del bienestar del pueblo, o popular.

Los ¡oh!, ¡ah!, ¡cáspita!, y hasta algún que otro ¡coño!, o hasta ¡cojones!, resuenan por los pasillos de Génova 13, desde la primera hasta la última planta.

Todos muestran su asombro de cómo se pudo forrar el cabrón con tan celérica presteza cuando manejaba las finanzas del partido.

Y hasta juran y perjuran perseguir a los sobrecogidos hasta que den con sus huesos en la calle, que no en la cárcel, eso no se le oye a ninguno.

Lo que a ninguno se le ha ocurrido preguntar, ni siquiera a sí mismo en silencio de abadía de clausura, es cómo han podido llevar esa vida que haría palidecer de envidia al Maharahá de Kampurtala, con lo que el Estado les concede, y con las cuotas de afiliación, que si las cobran como me las cobran a mí, no les da ni para comprar chuches para el Comité Central del partido.

No sé yo porqué, pero tengo la impresión de que el cabrón no era más que el jefe de la manada, y que en el partido había una cabronada, o manada de cabrones, que convertiría las migraciones de ñúes en una reunión de antiguos alumnos de la facultad de física cuántica de Cuenca de la promoción de 1425.

Y como no podía faltar alguien tan conocedor de como se manejan los asuntos de cabrones sobrecogedores, se han sumado, solícitos y estupendos, la ingente manada de cabrones de la pesoe.

Dios los cría y el cabrón los junta. 


Francia a un lado, al otro Italia, y allá, a su frente, Lausana (de la canción del cabrón).




2 comentarios:

  1. Pos, sí, eran una manada los porteadores de millones a Suiza. Y ahora tienen que disimular y poner a uno al frente para que le escupan.

    Cosas de los dedicados al sucio oficio de políticos.

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  2. Efectivamente, ahora,
    Concluiremos con zozobra
    Que los políticos se forran,
    Que esa clase española,
    Perdida ya toda honra,
    Es hoy SOBRE-COGEDORA.

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