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Las casualidades en política no existen. Y si se produce alguna, es que está cuidadosamente preparada.

Después de haberse zampado unos cubatas, la mujer se da la vuelta, mira al hombre fijamente a los ojos y le dice:

"Oye, quiero decirte algo, yo jodo a cualquiera, en cualquier momento y en cualquier lugar, su casa, la mía, en el coche...no me importa. Simplemente me encanta.

El tipo, con una sonrisa de oreja a oreja, responde,

"¿En serio?, ¡yo también soy político!...¿a qué partido perteneces tú?

SALVEMOS AL TIO PEPE

SALVEMOS AL TIO PEPE
SALVEMOS AL TÍO PEPE.

domingo, 23 de junio de 2013

LO QUE MAL EMPIEZA, PEOR ACABA.

Como cada año, cuando llegan estas fechas, no me puedo resistir a la tentación de escribir unas cariñosas letras sobre las Hogueras de San Juan.

Y cada año, como siempre, no puedo sino glosar con mi limitada prosa, las múltiples virtudes de estas jacarandosas y explosivas fiestas.

Como cada año, como siempre, la cosa comienza con la toma de las calles por unos grupos de seres empeñados en parecer un anuncio de Ron Brugal: camiseta tres tallas más pequeña para comprimir y marcar las tabletas abdominales, o para afinar un poco más, las tabletas que durante el año se han trasegado y que dan lugar a una oronda figura como de globo mapamundi con obesidad mórbida; sombrero de paja de propaganda de su marca de cerveza favorita, de la que han ingerido hectólitros, eso sí, nadie piense que por vicio o degradación, no, sino porque alguien, nunca se sabe muy bien quién es ese alguien, se lo ha recomendado porque elimina los radicales libres.

Aunque a pesar de tanto esfuerzo libatorio, los perroflautas y escrachadores sigan sin  ingresar en una adecuada institución penitenciaria.

Estos peculiares seres se dedican con un esfuerzo digno de mejor causa, lo que quiere decir que si trabajaran así durante todo el año, otro gallo nos cantara, a levantar unas estructuras metálicas, similares a las jaulas de animales peligrosos de cualquier zoológico, y que luego se llenará de presuntos humanos vociferantes, devoradores de unas viandas que harían vomitar a una hiena hambrienta, y libadores de líquidos embotellados cuya composición, de hacerse pública, haría acabar a su fabricante, bien en Guantánamo, bien en los servicios secretos de Irán.

Así de crueles pueden ser los terroristas.

Estos individuos elevan estas catedrales del masoquismo culinario siguiendo meticulosamente unos planos, elaborados por el arquitecto que diseñó el laberinto del Minotauro, con la única y exclusiva finalidad de que para llegar de un punto A, a un punto B, distantes en línea recta unos 50 metros, tenga que deambular cualquier sufrido ciudadano, ya martirizado por las eternas obras, unos 10 kilómetros.

Eso sí, en la modalidad slalom potencialmente mortal, esquivando divertidos pinchos, alegres cascotes y entretenidas zanjas.

Estas hogueras, que comenzaron su andadura en el año 1929, ya apuntaban maneras.

No en vano dos años después llegó la República.

Y así, este año, se ha llegado al colmo.

La cosa ha empezado con el pregón, como todos los años.

Pero este año he de reconocer que se han batido todas las marcas.

En el balcón del Ayuntamiento, y esto no va con segundas acerca de la alcaldesa, lo juro; tres grandes figuras de la vida política y de las artes escénicas que harían las delicias de cualquier sabio de la antigua Grecia.

A saber: como representante de la honrada y noble casta política, la alcaldesa, imputada por varias secciones del código civil, penal y eclesiástico.

Y como representantes de las musas teatrales, una pareja a la altura de Sir Laurence Olivier y Sarah Bernhardt.

La Ilustrísima Señora, la Musa de las Artes Escénicas más excelsa que vieran los tiempos: Dª Antonia San Juan, y el Excelentísimo Señor, ante el que tiemblan las piedras del teatro romano de Mérida: D. Luis Miguel Seguí.

Para que el inculto populacho deje de devanarse los sesos: Estela Reynolds y Leo Romaní, de "la que se avecina".

Helos aquí. Los Humphrey Bogart e Ingrid Bergman nacionales.

Como no estaba allí, no lo oí, pero espero que la Santa Faz Divina, la Virgen del Remedio y San Nicolás, evitaran que dijera aquello de: "En desembraga a fondo Fernando Esteso me chupó un pezón, este".

Aunque no tengo muchas esperanzas.

Y es que el nivel va subiendo año tras año.

Cosas de la democracia.

Y claro, lo que así comienza, no puede acabar bien.

Porque existe una inveterada costumbre entre los noctámbulos profanadores del descanso ajeno, aparte de escuchar con delectación la bien timbrada voz de King África mientras desgrana las complicadas sílabas de "Boooooooomba", a la vez que bamboleantes por el efecto de sustancias de la fermentación de sustancias desconocidas para la ciencia, y de la degradación de los alimentos, solo hallados en cadáveres de cualquier especie en avanzado estado de descomposición; aparte de acercarse a la tarima donde un ser, enloquecido por la ingestión de Dios sabe cuantas clases de alucinógenos y de psicoestimulantes usados en la guerra química de Irak, ataca sin piedad los tímpanos de todo aquel que se encuentre en el radio de acción de los altavoces, para pedirle el último éxito de cualquier esquizofrénico psicótico.

Aparte de esas menudencias, se dedican a hacer la gracia que más risa les da: tirar petardos para que los que se encuentran cenando, aparte de afrontar el riesgo de morir envenenados entre horribles sufrimientos, con un estoicismo digno de un patricio romano pillado en falta por el Emperador, acaben pinchándose la campanilla, o amputándose una mano, al escuchar de forma sorpresiva ese sonido tan estimulante del petardo en la entrada de un aparcamiento, bloqueado durante 7 días para que la gente se pueda "divertir", que alcanza niveles decibélicos semejante a los de las pruebas atómicas en el atolón de Mururoa, escuchándolas desde la laguna central.

Cuando en un rapto de mala educación e incomprensión hacia los festeros, les haces ver que molestan "un poco, con perdón", y que sus larvas petarderas podrían ir a tirar los petardos un poco más allá, te miran con esa mirada vidriosa producto de la ingestión de alcoholes con un grado de acidez superior al del vitriolo que haría palidecer de miedo a Hannibal el caníbal.

Y ya sabes lo que va a suceder a continuación. El receptáculo, u odre, de vinos que ya estaban agrios cuando Noé pilló la melopea previa a construir el arca; el progenitor, accidental, de la larva, le susurra al oído unas palabras que te hielan la sangre en las venas, porque sabes lo que viene a continuación.

Y lo que viene a continuación no es otra cosa que, pasados unos minutos, para que te confíes, suena algo así como debió sonar el Big-Bang, de haber existido una atmósfera que permitiera la trasmisión del sonido, que hace que a las suripantas que aprovechan la ocasión para eliminar las sustancias tóxicas ingeridas, con algo de orina, bajándose las bragas, o apartando el hilo dental del tanga, suponiendo que lleven algo, entre dos coches acaben en el balcón del primero izquierda; o que los de la mesa de al lado vomiten sobre las inmundicias que están devorando, inmunizados eso sí por el Rioja del sumidero de la bodega del enólogo loco, lo que les provoca una risa incontenible.

Porque la cosa se ve que tiene mucha gracia.

Lo que ya no tiene tanta gracia, es que lo que podía pasar, aunque fuera casi imposible, ha acabado pasando, y a estas horas un niño de 9 años, al que como a mí, a los 9 años, y ahora, le daban miedo los petardos, está criando malvas con la yugular seccionada porque otros  niños, a los que sus padres les hace mucha gracia todo lo de antes, les permiten que, como si de terroristas urbanos se tratara, averigüen los efectos de meter unos petardos en una botella o en un bote, que da mucha risa.

Ahora que ya no hay quien devuelva la vida a ese niño, ni la paz a sus padres, comenzará el rosario de condolencias.

Ahora ya no da tanta risa.

Comenzará la caza de brujas de "a ver de quién es la culpa".

Pues la culpa, como siempre, es de quien la tiene.

De las autoridades que permiten la venta de petardos, cuando saben porque lo ven año tras año, que los niños hacen lo primero que se les viene a la cabeza, y los padres, que debieron perder la cabeza cuando los parieron, les ríen las gracias explosivas.

De los padres, que ven con comprensión, con complacencia y hasta con orgullo, lo listo y gracioso que es su hijo, que hace experimentos con tan peligrosa sustancia como es la pólvora.

Y de los que colaboran de forma pasiva, riéndole la gracia al hijo del vecino, cuando revienta la papelera de la esquina, que ya veríamos si se reían tanto si los restos de la papelera les volara a ellos los cojones hasta el quiosco de la esquina.

Pero que no sufran los festeros, el año que viene, más.

Al fin y al cabo, te dirán si les preguntas, y si su deplorable estado les `permite entenderte, que eso les permite evadirse de los efectos de la crisis.

Al que se le ha ahorrado sufrir esos nocivos efectos es a ese niño de 9 años, que tenía miedo a los petardos, y que ya no tendrá más miedo a nada.

No saben como me recuerda a mí mismo.

Solo que yo, afortunadamente, estoy vivo.

Jodido y hasta los cojones de estas fiestas, pero vivo.

Él, no. 

2 comentarios:

  1. Lo que si se tendría que hacer es meterles un petardo por donde la espalda pierde su casto nombre del mismo tamaño, que desafortunadamente le provoco el fatal desenlace Aaron de 9 años, a estos personajes íntegros e incorruptibles que son la salvaguarda de nuestro país “nuestros políticos.”

    Patapalo918

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  2. Estas cosas acostumbran a pasar cuando se hace dejación de funciones y los padres olvidan la educación de sus hijos. En nombre de la infancia se permite cualquier cosa porque "no hay que ponerle barreras a la libertad de los niños", pues se corre el riesgo de "anular" la creatividad e imaginación del mismo.
    Sin contar que así, asilvestrados, los padres tienen que rendir menos cuentas por las acciones de estos.
    La responsabilidad hace tiempo que abandonó estas tierras, Capitán.

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