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"...una nación bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos." (CONSTITUCIÓN DE LOS EE.UU)

Se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo.
(ABRAHAM LINCOLN)

¿Y tú, por qué los quieres tanto? —Porque vigilan el muro. Y dicen: "nadie va a haceros daño esta noche. No durante mi guardia" (AGUNOS HOMBRES BUENOS).
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CITA POLÍTICA CON ENJUNDIA

Las casualidades en política no existen. Y si se produce alguna, es que está cuidadosamente preparada.

Después de haberse zampado unos cubatas, la mujer se da la vuelta, mira al hombre fijamente a los ojos y le dice:

"Oye, quiero decirte algo, yo jodo a cualquiera, en cualquier momento y en cualquier lugar, su casa, la mía, en el coche...no me importa. Simplemente me encanta.

El tipo, con una sonrisa de oreja a oreja, responde,

"¿En serio?, ¡yo también soy político!...¿a qué partido perteneces tú?

SALVEMOS AL TIO PEPE

SALVEMOS AL TIO PEPE
SALVEMOS AL TÍO PEPE.

miércoles, 24 de julio de 2013

RIGOR MORTIS.

Dícese de ese estado en que entran los cadáveres cuando toman plena conciencia de que lo son, algo así como cuando te diriges con paso ágil, diligente, mirada altanera y sonrisa sardónica en el rostro, al cajero automático, el día 1 del mes.

Vas metiendo la mano, en el bolsillo, en el tuyo, no en el ajeno, salvo que seas algún cargo político, que entonces se la metes a cualquiera, la mano en el bolsillo me refiero.

La sacas, la cartera, la tuya, mientras buscas con gesto dubitativo entre los muchos pedacitos de plástico con caducidad de una semana, que es lo que más o menos viene a durar la nómina, que son las visas y master card.

Miras a tu alrededor.

Oteas en la lontananza, cual Domenico Modugno, en actitud de suricato, por si aparece algún amigo de lo ajeno, de cualquier partido, asociación benéfica en pro del pobre, organización de la ONU, o simplemente algún amigo dispuesto a hacer prácticas de esgrima con sable.

Y entonces, con esa habilidad adquirida por la práctica, consigues meterla, la tarjeta, calculando con milimétrica exactitud, el momento en que el tembleque de tu mano lleva a hacer coincidir el borde de la tarjeta con el orificio rectangular de admisión del plastiquillo maldito.

Es entonces cuando vienen a tu mente todas las plegarias, rezos, oraciones, rosarios, adoraciones nocturnas, salmos y salmodias aprendidos en el colegio de curas en el que estudiaste, y donde, para estupor y rabia de alguna maricona resentida, nadie te metió mano, ni te pellizcó las nalgas, ni te desollaron las manos a palmetazos con una regla, ni te colgaron de las orejas. Tan solo te educaron.

 Observas la pantalla con la misma mirada que debió poner Wyatt Earp cuando en Tombstone se enfrentó a los Mac Laury.

¡¡ Bienvenido a este su cajero automático, Sr/Sra. Capullez !!, muestra la primera pantalla después de que la hayas metido, la tarjeta; y tú piensas: con la de veces que se la he metido, la tarjeta, y este capullo todavía no sabe si soy señor, señora o cosa.

Y te ríes, con esa risa histérica nacida de la desesperación ante la posibilidad, casi certeza de que tu le metes la tarjeta, pero el cajero te va a meter a ti otra cosa.

A la vez, notas como los esfínteres son presa de cierta relajación, algo así como durante el tiempo que transcurre entre que se abre la trampilla, y el cáñamo te rompe el pescuezo a la altura de la segunda vértebra cervical.

Vamos, que te sientes como si se te fueran a salir todos los fluidos corporales a la vez, por todas partes, y tú sin una Tena Lady a mano como Concha Velasco para esas pérdidas tan molestas propias de la edad.

De repente, cual si de un bronquítico crónico haciendo la toilette bronquial matutina se tratara, o de un Montoro mascullando qué nuevo impuesto te va a clavar, comienzas a oír unos gruñidos sordos, unos rugidos lejanos.

Y comienza la segunda fase el tembleque pernio.

Vamos, que las rodillas comienzan a interpretar el zapateado de Sarasate mientras que los cachetes del culo aplauden tan magistral interpretación.

¡¡ Introduzca su número PIN !!, exige el infernal cachivache.

Y aquí es cuando tu ingenio se agudiza y exclamas con voz de niño del coro de cantores de Viena: y PON.

Y como un idiota, casi como la diputada Oramas dirigiéndose al supremo zote ZP, emites una risita amariconada que te hace girar la cabeza como la niña del exorcista para ver si te ha oído alguien.

Como cuando se te escapa un cuesco por la calle. Igualito.

Es entonces cuando el armatoste te hace la pregunta del millón: ¿Qué operación desea usted efectuar?.

Y se te muestran varias opciones en pantalla.

Ninguna, en realidad, muestra lo que deseas en ese momento: morirte, desmayarte, que te ingresen en el psiquiátrico, que una manada de chinches rabiosas le coman las pelotas a Montoro, o que alguien le clave una estaca en el corazón, o le cuelguen una ristra de ajos en torno al cuello.

Pero no, solo te deja elegir entre que te dé el infarto viendo el extracto de la cuenta, o viendo el saldo, que es lo mismo pero sin adornos de chicuelinas.

También te pregunta si quieres dinero, y tú haciendo el último chiste, que viene a ser más o menos como pedir tu último deseo antes de que te pasen 10.000 voltios por tu cuerpo serrano, dices con una voz que parece el resultado de pasar una lija por una zapata de frenos, por si te oye alguien y te recuerda así de chistoso después de morir: yo quisiera que me la chuparas, máquina puta.

Pero ella, inasequible a tu agudo sentido del humor, permanece impertérrita a la espera de que tu trémulo dedo presione la tecla correspondiente a la opción elegida.

Y cual Hernán Cortés, decides quemar tus naves; cual Julio César, decides cruzar el Rubicón y consigues, a pesar de la resistencia numantina de tu laringe a emitir sonido alguno lanzar un: que te den por culo, quiero pasta.

Transcurren unos segundos.

Unos segundos que parecen una eternidad.

Unos segundos en los que, como Ebenezer Scrooge, en el cuento de Navidad de Dickens, ves pasar tu vida pasada, presente y futura.

Mas...¿qué ves en la pantalla?...te pregunta que cuanto quieres.

¡Si en ese momento pudieras verte en un espejo!.

La mirada extraviada de loco de manicomio inglés del siglo XVIII.

Los dedos engarfiados ávidos de ¡por fin! poder coger alguno de esos papelines que parecen dinero del monopoly.

La mente ida en una demente ensoñación de que por fin vas a poder comprar unos gayumbos nuevos para poder tirar a la basura los del modelo UHF (un huevo fuera) que ya no sabes cómo coserlos para que contengan en su interior tus partes pudendas.

Y ya en el colmo del delirio, sueñas con poder darte un banquete con unas lonchas de mortadela ¡con olivas!.

Tu corazón se desboca, amenaza con salírsete por la boca, inicia una taquicardia galopante al límite de entrar en fibrilación, los ventrículos parecen las castañuelas de Lucero Tena y las coronarias alcanzan el calibre de un pelo de Anasagasti.

Tu mano se dirige con una lentitud de guerrero de Matrix hacia la tecla de "otras cantidades", porque tu locura no llega al extremo de pedir 50€, y mientras el sudor ciega tus ojos, mientras tu lengua pugna por meterte el paladar en el cuarto ventrículo cerebral, tal es el tamaño que ha alcanzado, con un temblor propio de un parkinsoniano con 43º de fiebre en tus manos, pulsas el 3 y después el 0.

¡Ya está, ya lo has hecho!, ya te sientes como cuando el mismísimo San Pedro, a las puertas del Valle de Josafat, después de una larga mirada cargada de misericordia, pena y comprensión, te ponga la mano en el hombro y te diga: mira hijo mío, no estás en la lista, ¿ves aquellas hogueras de allí abajo?, pues ve allí y pregunta por Pedro Botero, ¡ah, y no te preocupes, que la eternidad, si no lo piensas mucho, se pasa en un plis-plas!.

Porque, como en tu fuero interno ya sabías.

Como ya te lo temías, la pantallita muestra un último mensaje: "saldo insuficiente, consulte con su oficina".

Tu estado, en los siguientes cinco minutos, antes de que recuperes la cordura, antes de que te digas a ti mismo: ¡si seré gilipollas! ¿qué esperaba?, es lo más parecido al rigor mortis que se puede pasar en vida.

Sala de adaptación al pasmo cajeril.

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